Coloreándonos

Quizás si le asignamos color a las emociones, centraremos una definición más traslucida para nuestros pensamientos.

Si la envidia fuese verde, verde cactus, entenderíamos que esa emoción sólo dañará al que la agarre.

Si la rabia fuese negra, negro betún, nos manchariamos  las manos cada vez que la sintiéramos.

Si la ansiedad fuese roja, rojo amapola, sentiríamos la densidad del oxígeno amapolado.

Si la empatía fuese azul, azul cielo, siempre estaríamos viendo una estrella en cualquier mirada ajena.

Si la alegría fuese amarilla,  amarillo girasol, no tendríamos que dar tantas vueltas al motivo que la generó.

Es el color de las emociones la representación cromática de su expansión, ante la transparencia de la felicidad.

Si la felicidad fuese transparente, como el agua, y todas las emociones pudiesen  fluir sobre ella, cada una con su color sin ser alteradas, ese  lugar donde puedan ser moduladas por la la única emoción carente de color, la felicidad, ella no admite cambios, solo sabe ser feliz en tu alma llena de colores.

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